Cuando me olvide de mí

A lo largo de nuestra existencia vamos forjando en el interior una conciencia de todo cuanto nos rodea, cargada de recuerdos, sentimientos, multiplicidad de colores y olores, etcétera. Nuestra cabeza se convierte en un baúl donde los años nos hacen saber distinguir aspectos como el bien o el mal debido a lo aprendido y adquirido con el paso del tiempo. Por tanto, nadie discute el poder mental que poseemos como fuerza motora, incluso para salir adelante de las situaciones más adversas; diariamente vemos cómo en el deporte se trabaja la concentración o en el mundo empresarial se profundiza sobre la gestión de las emociones. Grosso modo, el pensamiento queda almacenado en ese disco duro personal e irrepetible.
Pero, dada la importancia de esta herramienta tan perfecta –en ocasiones- como es la capacidad de razonar, deberíamos plantearnos un ejercicio de empatía. Por un instante, imaginemos cómo sería si el Alzheimer se colase de repente en ese depósito de conocimiento del que hablamos. Cerremos los ojos y reflexionemos qué pasaría si no supiéramos quienes somos ¿cómo se nos quedaría la cara mientras nos miramos en el espejo y observamos un rostro que no recuerda su pasado? ¿Qué sensación nos inundaría al estar rodeados de gente que dicen ser nuestra familia pese a que parecen extraños? ¿Y si al salir durante un paseo, no supiésemos cómo regresar? En definitiva, imágenes o capacidades se van desprendiendo como si fuesen hojas otoñales de un frondoso bosque llamado cerebro.
Cuesta imaginarlo y suena duro. Por eso me niego a pensar que se quede en esa gélida perspectiva porque quizás haya más. Seguramente, esa persona que se refleja en el cristal, detrás tenga más gente a su alrededor prestándole mimos y cuidados. Ante la duda de no conocer a ese grupo de familiares, quedará la percepción de no estar sólo sino en compañía de gente con la mejor de su sonrisa. Y si en ese cruce de caminos, la memoria falla, posiblemente se acabe encontrado un brazo amigo del que agarrarse y volver al hogar gracias a la bondad de ese espontáneo lazarillo. Porque esa es la aptitud frente a enfermedades de este tipo.
No todo es negativo y existen motivos para mirar hacia adelante con optimismo. El hecho de tener cerca a colectivos como Balzheimer, supone un haz de esperanza para enfermos, familiares y amigos de quienes padecen esta demencia. Los 15 años de trayectoria de esta asociación reflejan su esfuerzo en el ámbito local junto a sus profesionales y voluntarios por mejorar la atención a sus usuarios mediante actuaciones como las terapias cognitivas que prestan.
Toca confiar en que fruto de alguna mente humana brote la solución para que no se apague nuestro intelecto. Esa es la visión positivista con la que afrontar, en la medida de lo posible, esta enfermedad. Por un lado con la tranquilidad de contar con acciones sociales como la de Balzheimer, pero sin perder la ilusión en que llegue el día donde las noticias hablen de una cura definitiva. Entonces, este artículo quedará obsoleto –afortunadamente- pero perdurará el esfuerzo de colectivos como éste de Palma del Río. Será cuando, de una vez por todas, no tendremos que pensar cómo será la vida cuando me olvide de mí.