La Solidaridad de los que menos tienen

La solidaridad es un sentimiento que determina u orienta el modo de ver y acercarse a la realidad humana y social. Supone ver las cosas y a los otros con los ojos del corazón, mirar de otra manera. Conlleva un sentimiento de fraternidad, de sentir la empatía por el dolor de los otros.

Este valor se expresa a través del apoyo, la fraternidad hacia quien sufre un problema o se encuentra en una situación desafortunada. Es solidario quien hace suyas las situaciones, las necesidades y los inconvenientes de los demás
Las actitudes solidarias trascienden las fronteras políticas, religiosas, territoriales, culturales, etc. Para instalarse en el hombre, en cualquier ser humano, y hacer sentir en nuestro interior la conciencia de que somos una gran familia y que el mundo no es otra cosa que una casa muy grande donde vivimos todos.
Es en este sentido que me interesa compartir con quienes me leen un lamentable hecho ocurrido en mi país (Perú) hace algunos años y que nos puede motivar a reflexionar. Me estoy refiriendo a un grave movimiento sísmico que originó graves consecuencias.
El terremoto dejó como secuela una ola de desolación así como un cúmulo de necesidades insatisfechas en muchos pueblos de la costa sur. La Unión Europea, los EE.UU así como casi todos los países vecinos acudieron muy pronto enviando todo tipo de ayudas para socorrer a los damnificados. España jugó un rol protagónico enviando no sólo alimentos y medicinas, también contribuyó desplazando gente experta en desastres e incluso maquinarias.

Es ampliamente sabido que mi país forma parte del conglomerado de pueblos que tiene un alto porcentaje de su población viviendo por debajo de la línea de pobreza. En este contexto me interesaba indagar ¿Cuál fue la reacción, el comportamiento que asumieron los peruanos humildes y pobres que no fueron afectados por el seísmo?
Para lograr mi propósito no tuve otra alternativa que ponerme a investigar y revisar todo tipo información que me diera elementos de juicio suficientes para pronunciarme al respecto. Encontré datos muy interesantes y hasta inimaginables.
Sin lugar a dudas el movimiento sísmico con todas las calamidades que generó, puso a prueba la fe de los peruanos que por tradición y herencia constituyen un pueblo luchador, optimista, valiente y solidario. Ni en las horas más difíciles su gente perdió la esperanza de salir adelante y sobreponerse a las adversidades.

Sería mentira decir que nos preocupamos por nuestros semejantes si cuando se presenta la oportunidad de demostrarlo no adoptamos una verdadera actitud solidaria. Son los momentos de desgracia y dolor cuando más se debe unir la gente, es allí justamente donde la calidad del ser humano emerge para demostrar su sensibilidad y compromiso.

Y así fue. Inmediatamente después del desastre la inmensa multitud de mis compatriotas produjo con su generosidad un movimiento solidario pocas veces visto a lo largo de muchos años. El objetivo era darle la mano al hermano herido, con frío, sediento y también con hambre. Había que actuar de inmediato y así lo hicieron. Ciudadanos de todas las condiciones sociales y económicas se sumaron al gran reto de paliar los graves daños físicos y materiales. Se organizaron campañas de donación de sangre y colectas para captar fondos. Cáritas, las parroquias de todo el país, los diferentes movimientos religiosos y las diversas instituciones culturales, políticas y sociales en general se lanzaron a la cruzada de conseguir todo aquello que pudiera ser útil a fin de mitigar el dolor.

En otras palabras el país se puso de pié frente a la adversidad.
Pero quizás lo que más me llamó la atención entre tanta información revisada fue encontrar un titular que textualmente decía: PRESOS DONAN DOS DÍAS DE ALIMENTOS PARA DAMNIFICADOS POR EL TERREMOTO.
Nunca me imaginé que gente privada de su libertad y viviendo en condiciones que lindan con lo infrahumano pudieran sumarse a una campaña de ayuda para apoyar a quienes la estaban pasando peor. Se trataba de novecientos internos (presos) de la cárcel “Sarita Colonia” del puerto del Callao que donaban sus raciones de alimentos correspondientes a dos días a los afectados por el terremoto.

Impresionante ¡no! Que maravilloso gesto de humanidad y compromiso. Lo único que podían compartir era la escasa comida que recibían y así lo hicieron. Acciones de esta naturaleza enaltecen al ser humano al margen de su condición en la sociedad.

Me viene a la mente la idea de que para ser solidarios no es necesario tener mucho y ni siquiera gozar de libertad.
Es muy cierto que la solidaridad es la ternura de los pueblos. Me siento orgulloso de haber nacido en un pueblo que tiene asumido como práctica habitual la ternura y la solidaridad.

Pepe Castillo Castillo
Sociólogo - Mediador (*)
pepecastillocastillo@hotmail.com